Hay una ambición que construye y otra que solo sabe demoler. Lo que Tomás Uribe ha denunciado —con la frialdad de quien ve una traición gestarse en casa— no es una simple diferencia ideológica. Es la exposición de una táctica rastrera: el uso de la billetera para financiar un sicariato moral contra Álvaro Uribe Vélez, el mismo hombre que le prestó a Abelardo de la Espriella el prestigio que su carrera jurídica, de brillos y excentricidades, nunca le dio por sí sola.
El mercadeo de la deslealtad
Resulta grotesco que la campaña de De la Espriella, bajo la batuta de Carlos Suárez y el silencio cómplice de Enrique Gómez, esté moviendo los hilos de “bodegas” e influenciadores prepagos para atacar al Uribismo. El plan es de un cinismo absoluto: debilitar la estructura del Centro Democrático hasta dejarla en ruinas, para luego presentarse él, entre vinos caros y trajes de seda, como el “único salvador” de una derecha que él mismo se encargó de fragmentar.
Abelardo no quiere ganar votos en el centro ni convencer a los indecisos; quiere robarse el nido. Su estrategia no es derrotar a Petro, es aniquilar a sus aliados para que no quede nadie más en pie. Es el heredero impaciente que, al ver que el testamento no le favorece lo suficiente, decide incendiar la casa con el padre adentro.
El favor de oro para el Petrismo
Mientras el país se desangra en inseguridad y desorden institucional, el “patriota” de la Espriella gasta sus recursos en desprestigiar a Paloma Valencia y en minar la autoridad moral de quien fue su mentor. Cada influenciador que cobra por atacar a la oposición democrática es, en la práctica, un trabajador indirecto de la Casa de Nariño.
Petro no necesita defenderse si la derecha tiene a un Abelardo haciendo el trabajo sucio. La matemática que advierte Tomás Uribe es clara: dividir es morir. Pero a De la Espriella parece no importarle el cadáver de la República, siempre y cuando él sea quien pronuncie el panegírico frente a las cámaras.
¿Presidente o Personaje?
Colombia no se gobierna con reels de Instagram ni con ataques de “fuego amigo” financiados desde las sombras. Lo que hoy vemos es a un personaje devorado por su propio ego, dispuesto a pisotear la lealtad y la gratitud —valores que tanto pregona en sus videos— con tal de satisfacer una sed de poder que no conoce de límites éticos.
Si Abelardo cree que el camino a la Casa de Nariño se pavimenta con la traición a Álvaro Uribe, se equivoca. El país puede estar cansado, pero no es amnésico. Al final del día, los colombianos sabrán distinguir entre el líder que se queda a dar la batalla por las instituciones y el oportunista que, cuando vio la oportunidad, decidió morder la mano que le dio de comer para ver si así lograba un poco más de luz en el escenario. La derecha no necesita un caballo de Troya con aires de grandeza; necesita coherencia, algo que en la campaña de Abelardo parece haberse agotado antes de empezar.



